viernes, 3 de junio de 2011

Hemoglobina

Theodore Cowell Bundy. Faz blanca, ojos esquizofrénicos que relataban la ausencia de cordura en él, dientes blancos inmaculados que relucían en el interior de una sonrisa diabólica. Ted Bundy para sus víctimas.

Rojo, ese era el color que había quedado impregnado en la grasienta pared de ese mísero motel de carretera. Asesinato con arma blanca, siete cuchillos, cortes precisos distribuidos a lo largo del abdomen. Los jugos gástricos, procedentes del estomago, empezaban a fluir por la piel y se fundían en la alfombra así liberando una esencia fétida característica de la descomposición de un cuerpo inerte.
Aquella vez había sido su turno. Dieciocho años, pelirroja, blanca como la primera nevada de enero, insegura de si misma y solitaria.
El liquido rojo que se vertía, como si de un débil afluente se tratara, se fusionaba con el pelo escarlata de la joven. Su mirada paralizada narraba sus últimos instantes de vida, una vida arrebatada sin motivo alguno, una flor de primavera pulverizada por el viento de otoño.


Marcus.